Una última visita

Ding, dong.
Llaman a tu puerta.
-Pasa, te esperaba. ¿Quieres tomar algo?
-No, gracias. Estoy de servicio. ¿Donde puedo dejar esto? -pregunta señalando su guadaña.
-Déjalo en este ropero mismo, ¿te parece?
-Perfecto, luego debo acordarme de recogerla.
-He hecho galletas, ¿seguro que no te apetecen? -comentas mientras, con un gesto, la invitas a sentarse en un cómodo sofá.
-Mmmh, galletas caseras, que difícil me lo haces...
-¿Te traigo unas pocas?
-Bueno, no me puedo negar. -contesta divertida.
-Las acabo de sacar del horno. ¿Quieres café o algo para acompañar?
-Si tienes, agradecería una infusión. Gracias.
En la cocina, el agua empieza a hervir.
-¿De que la quieres?
-¿Tienes poleo-menta?
-Poleo-menta... mmmh, creo que tiene que haber por... ¡aquí está! -finalmente lo encuentras.
Vuelves de la cocina, llevando en una bandeja las galletas recién hechas junto con dos tazas llenas, una de café para ti y una de poleo-menta para tu singular invitada. Lo sirves todo en la mesa de la sala de estar.
-Ahora sí, ¿sobre que querías hablarme?
-Vengo a negociar contigo.
-¿Negociar? ¿Acaso poseo algo que pueda interesarte?
-Así es.
-¿Hablamos de...?
-Hablo de tu alma.
Silencio.
-Mi... alma? -logras articular.
-Ha llegado tu hora.

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