A sus casi cincuenta años (me mataría si leyera esto, anda por los 45...) mi valiente madre ha cumplido uno de sus sueños: Largarse de casa con el portátil y un par de mudas, al más puro estilo adolescente. Sus ojos, apagados y mates por el tabaco y la rutina, brillaban hoy con la vitalidad de una jovenzuela. Su voz gastada temblaba por el miedo y la emoción contenidos.
Vale, técnicamente no se ha ido, pero el que sea un amago lo hace más genuínamente adolescente.
Bonita forma de matar arrugas. Te quiero, vieja.
Al final, las responsabilidades para con las personas terminan por asesinar nuestra libertad.
N
Hace 9 años