Llevaba ya mucho tiempo sintiendo la extraña presencia de algo sobrenatural que le rondaba cuando por fin la vio: esa tez pálida, casi enfermiza, que reflejaba la tenue luz de la luna decreciente, esos cabellos, tan claros que no contrastaban ni con su fina piel ni con la holgada vestimenta que lucía, de un blanco cansado, sin brillo y vaporoso, que le proporcionaba, al monótono conjunto, ese aire de irrealidad tan característico de los sueños.
Cuando ella clavó su vista en él, descubrió esa mirada tan llena de dolor y a la vez tan llena de esperanza que lograba restarle parte de la sensación de muerte y abandono que destilaba la blanca figura.
Se acercó, con pasos pausados y acompasados. Parecía que el aire a su alrededor fuera pesado, como si estuviera bajo el agua. Parecía estarlo de verdad, pues su larga melena se mecía en el aire, ingrávidamente, y sus pies apenas rozaban el suelo, pequeños detalles que la delataban como producto de su imaginación.
Esperó, aún embelesado por la belleza de su visitante e incapaz de salir de su asombro. Era increíble. El simple hecho de haber imaginado tal preciosidad ya le parecía un milagro, más milagro fue aun inventar esa dulce voz aterciopelada que, entre susurros, le habló de su pasado.
Su nombre había sido Isabella, y su sino y desgracia, enamorarse de un vampiro. A pesar de corresponderle, su condición de vampiro y todo lo que eso comportaba terminó por llevarse la vida de la dulce mortal, que, fruto de su amor y su desdicha, se convirtió en fantasma, para volver a verle, aunque sólo fuera una vez más. Pero llegó tarde, pocas horas después de su muerte, su amado inmortal, había dejado este mundo, sospesando ir al reencuentro del alma de su amada. Pero los vampiros no tienen alma, y ella se quedó sola, vagando sin rumbo y sin descanso alguno.
Algo le dijo que esa chica era real, el dolor que emanaba era punzante, demasiado real como para ser simple invención de su imaginación.
Se apiadó de ella y decidió hacerle compañía en su condena. A los pocos días, se estaba quitando la vida, una vida recién estrenada y llena de buenos momentos aún por llegar, por una chica, una chica desaparecida hacía más de seis años, que perdió la posibilidad de declararse al chico al que amaba debido a la marcha de este, que se fue a vivir a una ciudad lejana sin dejar rastro, una chica desesperada que, al morir, se había aferrado al recuerdo de su amado, al que seis años después encontró y al que le contó la mejor historia que se le ocurrió para que se quedara a hacerle compañía.
Para siempre.
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