Amaneció nublada. Sus ojos, de un gris turbio y apagado, relucían con cada relámpago. Con cada ráfaga de viento, las heladas gotas de su lluvia humedecían esas mejillas, sonrojadas por el frío, que tanto añoro.
Por la ventana, entre las finas cortinas movidas por la suave brisa marina, se colaban los rayos del sol que, alegremente, anunciaban el inicio de una apacible y soleada jornada estival.
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Hace 9 años
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