Después de la carrera.

Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración y, comprimido en esa camiseta del mismo color que sus ojos, imaginaba latir acelerado su corazón. Me gustaban, sobre todo, sus defectos; su nariz de cerdito, rosada por el esfuerzo, sus dientes graciosamente separados que le daban un aire infantil, su frente grande, que realzaba sus bonitos ojos... Pero su cuerpo, pequeño y compacto, despertaba en mí la más sana de las envidias, y el deseo de guardármela en el bolsillo y echar a correr. La hubiera besado. Que bonita se la veía, exhausta después de una larga carrera contrarreloj para no hacernos esperar. La abracé. Y en el contacto de mi piel contra su piel, sentí el suave latido acelerándose.

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